Para ti, Papá

Cuando era pequeña solía dormirme en tus brazos. Te sentabas en el sillón y me posabas sobre ti hasta que mis ojos se cerraban. Luego, con sumo cuidado me llevabas hasta mi cama, me cubrías con la gran cantidad de mantas que mamá siempre ponía en ella y me dabas un beso.

Ese osito amarillo que me regalaste cuando solo tenía 2 añitos, recuerdo que nunca olvidaré, porque fue cuando yo vivía con mamá en Madrid y debido a vuestros trabajos cada uno estaba en un lugar. Todos los fines de semana venías a vernos en ese Seat Ibiza que ahora conduzco yo. Yo estaba en la puerta con mi tía, fue torcer la esquina con el coche y saber que eras tú. Me cogiste en brazos y me diste ese osito al que le tengo tantísimo cariño.

También sonrío cuando me pongo a pensar en las veces que tenías que salir a correr detrás de mí cuando me llevabais al parque, porque en lugar de jugar en los columpios o en el tobogán como cualquier niño, yo me dedicaba a intentar escaparme del parque. O cuando te apagaba la Tv y la luz del comedor y hasta que no salías corriendo detrás de mí no me quedaba tranquila.

Otra cosa que me encantaba era que me montases contigo en el Tractor, no sé, sería una tontería, pero para mí no lo era, me sentía una princesa cuando iba contigo en ese cacharro rojo, y saludaba a todo el mundo como si fuese en una limusina.

Porque cuando nació mi sol y pasó tanto tiempo en el Hospital y mamá tenía que permanecer allí con ella, tú venías todas las noches a verme a casa de mi abuela, a dedicarme ese tiempo que nos estaba robando las complicaciones médicas que sufría mi enana.

Sabes que incluso a un “Maestro” le enseñaste en el último momento de su vida cómo eras realmente, y no porque no quisieras hacerlo antes, sino porque él mismo se apartó, y la vida quiso que cuando él más necesitaba a alguien tú estuvieses ahí, haciendo lo que tanto sueles hacer, ayudar con benevolencia. Y creo que ese “Maestro” se fue con la pena de no haberse permitido disfrutar de ti antes, pero con la alegría de que pudo hacerlo aunque fuese durante un corto período de tiempo.

Dicen que físicamente me parezco mucho a mamá, y puede que haya cosas de mi personalidad que también tengan su herencia, pero de ti también poseo muchas, aunque no puedan ser tan visibles.

Nuestra relación últimamente está algo descuidada, probablemente porque yo no he atravesado una buena etapa, pero a pesar de ello, a pesar de nuestras discusiones, de nuestros puntos de vistas opuestos, te quiero, y sé que todo lo que haces y dices lo haces pensando en mi porvenir.

Hace mucho que no te digo te quiero, quizás desde que era pequeña, pues cuando creces te da como vergüenza decirlo, pero aun así, con una mirada, con una sonrisa, con un simple gesto, se puede transmitir amor sin necesidad de hablar.

Perdona por ser tan imperfecta, por causarte en muchas ocasiones demasiados quebraderos de cabeza, por llevarte la contraria aun sabiendo que llevas la razón, por proyectar en ti mis problemas y mis complicaciones, por no escucharte cuando debiera, por no dirigirme hacia ti en ocasiones con el respeto que te debo, lo siento, de verdad.

Y gracias por saber cuándo es el momento justo en el que tienes que decirme algo y cuando no, por cuidarme, por decirme cualquier tontería para hacerme reír, incluso si eso conlleva ponerte a bailar el “Gangman Style”, por estar siempre ahí, cada vez que te necesite, y es que aunque pareces serio y en ocasiones frío, eres un gran hombre, ese hombre que me ha enseñado valores de incalculable coste, que a pesar de todas las barreras que nos haya puesto la vida siempre ha sabido salir hacia adelante y abrirnos camino a aquellas otras que estaban a tu lado y se había desviado. Pero sobre todo, gracias por quererme, por ser mi padre.

“Tu niña mayor”

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