Vuelta a la estación

Diferentes historias, diferentes porqués de sus viajes, diferentes individuos que se mueven de acá para allá, que se sientan en esos fríos bancos, que se vuelven a levantar, que miran el reloj, que vuelven a revisar si llevan todo lo necesario.

Suena una vocecilla por megafonía avisando de la salida o la llegada de un vehículo cargado de pasajeros. Se forma un pequeño revuelo hasta que todo el mundo se ubica.

Y ahí estoy yo, contigo, esperando a que llegue el Coche 5, mientras el resto de la gente que se dirige hacia el mismo destino que tú no sabe muy bien en qué coche se ha de montar.

Nos fijamos en otras personas que tienen el mismo billete que tú, y mientras pasan esos minutos antes de que te marches, no me suelto de tu mano.

No es la primera vez que te acompaño a la estación, pero en esta ocasión, el día que llegaste no sabía muy bien cómo actuar. Había pasado algo más de un mes desde que rompimos con esto “sin nombre”, tiempo en el que creo que ambos hemos pensado bastante acerca de ello. Al principio pensé que no notaría tanto tu ausencia, y quizás fue eso lo que me hizo despertar. Un día una “Holaaa”, otro día nada. Conversaciones superficiales que al menos nos tranquilizaban al saber que seguíamos sabiendo algo el uno del otro. Deseos reprimidos.

Tu imagen en mi cabeza se acentuaba más a medida que pasaban los días. Cada tarde, cuando cogía el bus a las 15:42 para dirigirme a la facultad, me ponía mis auriculares y me adentraba en mi mundo acompañada de la música. Escuchaba canciones de Vetusta Morla, cuyas letras tienen un trasfondo que me invitan a reflexionar, y entre medio se cruzaban algunas de esas que por alguna razón me recordaban a ti porque en un momento dado las compartiste conmigo.

Esperaba recibir algo, y esperaba que tú esperases lo mismo de mí, daba igual que fuese una foto de cualquier cosa, un “Hola”, un “Xss”, no importaba, la cuestión era iniciar un intercambio de palabras.

Por las noches, justo antes de dormir, mis pensamientos te dedicaban un tiempo, y así mis ojos se cerraban y mis sueños comenzaban.

Y bueno, ahora estaba esperando a que te marcharas después de haber estado juntos un par de días tras ese punto de inflexión.

Subes, encuentras tu asiento, te quitas la chaqueta y te sientas. Mientras yo espero de pie a que el conductor arranque y emprenda su rumbo.

Y aunque a veces me gustaría alargar los momentos, me dirijo a casa con una media luna en mi rostro. 

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